Semilla 471 XXX Domingo de Tiempo Ordinario

En este trigésimo domingo de Tiempo Ordinario, y en sintonía con lo que nos proclama el Evangelio de Mateo de hoy, quiero empezar con una reflexión del Papa Francisco sobre el amor a Dios y al prójimo:

“¡Dios es amor! Y sólo por el camino del amor tú puedes conocer a Dios. Amor razonable, acompañado por la razón. ¡Pero amor! ‘¿Y cómo puedo amar lo que no conozco?’; ‘Ama a aquellos que tienes cerca’. Y ésta es la doctrina de dos Mandamientos: El más importante es amar a Dios, porque Él es amor; Pero el segundo es amar al prójimo, pero para llegar al primero debemos subir por los escalones del segundo: es decir a través del amor al prójimo llegamos a conocer a Dios, que es amor. Sólo amando razonablemente, pero amando, podemos llegar a este amor”.

A la par de este Evangelio y la reflexión del Papa, nos viene a la mente el fragmento de la 1 Juan 4, 20: “¿….cómo puedes decir que amas a Dios al que no has visto y no amas a tu hermano al que sí has visto? Esto supone refugiarse en las buenas disposiciones interiores hacia los demás, para encontrar una excusa a la propia falta de caridad actual y concreta. Si encuentras a un pobre hambriento y entumecido de frío, decía Santiago, ¿de qué sirve decir “¿Pobre, ve, caliéntate, come algo”, pero no le das nada de lo que necesita? “Hijos míos, añade el evangelista Juan, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad” (1 Jn, 3,18). Este sería el auténtico sentido del amor a Dios, amor que se proclama por el amor al prójimo y este supone la construcción del Reino, puesto que la salvación es posible con los demás, nunca solo.

Por esto sólo es posible llegar a amar a Dios sí hacemos real y fehaciente el amor al prójimo. Tampoco se trata de ser héroes, como en algún otro momento dijo el Papa, la condición humana hace difícil poder tragar con todo y con todos. No se trata tanto de amar hasta nuestros más acérrimos enemigos, sino de no odiarlos. La ley del Talión, que vino Jesús a superar, sólo depararía quedar todos ciegos (ojo por ojo). El amor que proclama Jesús no es un absoluto fuera del alcance del ser humano. El amor al prójimo es declarar la benevolencia, la caridad, el perdón. No se trata de abrazar con la misma emocionalidad al amigo que al enemigo (seríamos dioses, entonces) sino de admitir que la respuesta a la enemistad, la hostilidad, la discordia, no es responder con los mismos instrumentos, sino aceptar la diferencia y no responder con la misma moneda.

Cuando esto sucede así, cuando actuamos de esta manera tal como quiere disponerlo Jesús, todas las relaciones cambian. Caen todos los motivos de prevención y hostilidad que nos impedían amar a cierta persona, y ésta empieza a parecernos por lo que es en realidad: una pobre criatura humana que sufre por sus debilidades y límites, como tú, como todos. Es como si la máscara que todos los hombres y las cosas llevan puesta en el rostro cayeran, y la persona nos apareciera como lo que es realmente.

 

 

Mariano Román

Maracena (Granada)

 


   	

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