Semilla nº 460-03-09-2017- XXII Domingo del Tiempo Ordinario

Esta parte del evangelio la podemos dividir en dos partes, primero el anuncio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo; la segunda la exigencia de seguir a Cristo haciendo nuestra esa pasión de Jesús. Pasaje compartido con los otros dos sinópticos (Mc 5, 31- Lc 9,22). Comienza Jesús poniendo de relieve la obligación que tiene de ir a Jerusalén. Una obligación que debe cumplir pues esa y no otra es la voluntad del Padre.

En su plan de salvación entra precisamente, el que su Hijo vaya a Jerusalén, sufra la pasión, muera y al tercer día resucite de entre los muertos. Plan salvador, obligación o deber que Jesús acepta voluntariamente. Jesús se abandona totalmente en las manos y en la total confianza al Padre, sin oponer resistencia alguna. Jesús, como ser humano, poco a poco se había ido haciendo consciente de la situación en la que se encontraba. Era totalmente rechazado por las autoridades y por los que se consideraban depositarios de las verdades religiosas  y, por tanto, salvíficas, para el pueblo; que debía pasar por una situación de muerte para después ser glorificado por el Padre. Y además esto era inminente: Juan había sido   ejecutado, se había enemistado con los dirigentes religiosos de su pueblo, había quebrantado la Ley… Y a pesar de todo, decide continuar con su misión.

Está firmemente convencido y seguro de su misión que decide hacer participes a sus discípulos de esta obligación. Sin embargo, sus discípulos están demasiado lejos de su perspectiva como para aceptar aquello, sin poner pega  alguna. Es Pedro quien toma la iniciativa y, en este momento es “piedra de tropiezo” para Jesús en su camino. Es un obstáculo. Pero no solo eso, se atreve incluso a increparle, a reprocharle por su actitud ante la misión que el Padre le tiene encomendada. No es Pedro, es el tentador que quiere disuadirlo de su misión. Lejos de tirar la toalla, Jesús reacciona con fuerza: “¡Ponte detrás de mi Satanás!” Dicho a Pedro, lo que quiere decir, es que vuelva al lugar que le corresponde como discípulo. Se ha de restablecer la relación entre el Maestro y el discípulo, al haberse dejado Pedro tentar por Satanás y pretender ser más que su Maestro y hacerlo desistir de la misión. Solo manteniéndose en su lugar, como discípulo, se puede llegar a comprender lo que el Padre le está pidiendo a Jesús. Y mantenerse en ese lugar tiene sus consecuencias y sus exigencias. Las exigencias del seguimiento de Jesús. Al igual que Jesús, los discípulos también deben cumplir con su misión. Ellos han sido llamados al seguimiento y deben asumir todas las consecuencias que ello conlleva. No basta con haber recibido la llamada, el discípulo además ha de responder a ella. El discípulo debe negarse a sí mismo. Es decir, ha de dejar de pensar de manera egoísta, ha de dejar de ser el centro, lo cual no quiere decir que uno tiene que dejar de ser como es, o dejar de sr lo que es, simplemente ha de cambiar el orden de prioridades, ha de mantenerse abierto a la voluntad de Dios y al servicio de los hermanos. Ha de aprender a vivir entregando la vida, para volver a reencontrarse con ella, ha de caminar con esperanza, sabiendo que en el servicio y en la entrega está la plena felicidad. Porque el final no es un final de oscuridad y de muerte. E l final es un final de esplendor y felicidad. Ayudar a otros, ponerte al servicio de los demás, defender la justicia, reducir el sufrimiento de los que nos rodean… ahí está la verdadera felicidad y el verdadero desarrollo personal. Entonces seremos verdaderamente felices.

 

 

Alex Antonio Sequeira Granera

Parroquia Nuestra Señora de los Dolores

León Santiago de los Caballeros

Nicaragua

 

 


   	

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