Semilla nº 469-15-10-2017- XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

DESAGRADECIDOS  O AGRACIADOS

 

“Él arrancará en este monte el velo que cubre el rostro de todos los pueblos, el paño que oscurece a todas las naciones. Destruirá la muerte para siempre; el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros  y borrará de toda la tierra la afrenta de su pueblo.”

 

De vez en cuando nos sorprenden noticias de destrucción de vidas que nos ponen en vilo y nos desconciertan. Me refiero a muertes como la de preadolescentes de doce años  por coma etílico. Noticias que pueblan de interrogantes a los padres que tienen hijos en esa edad y que a mí no me queda indiferente e imagino que a nadie. Es más se me viene a la cabeza  la imagen  estos niños, y los  jóvenes del botellón, cuando leo los textos bíblicos que nos acompañan este domingo de Octubre; ahora  cuando en los campos de mi tierra extremeña se abren los surcos para sembrar la buena semilla, esperando que den buen fruto y no salgan malas hierbas, para poder hacer con el trigo un buen pan que nos llene de salud y vida agradecida. La mala hierba de los desagradecidos que se cierran a la trascendencia en la adicción a la insoportable levedad del ser que solo se satisface en acequias corruptas.

En nuestras sociedades se nos ha dado todo, nos sobra de todo, pero hay algo que falta, algo muy profundo: el agradecimiento. Somos muy desagradecidos, sólo eso puede explicar la vorágine de un mercado que se implanta con su filosofía del consumismo y nos destruye a los mayores, pero avanza y se lleva también a nuestros niños y nuestros jóvenes. Sí, el botellón es uno de los signos, en los que los niños juegan a ser mayores, a consumir como criterio de bienestar y de felicidad por encima del bien ser. Cuando los corazones  humanos se llenan de ese deseo de tener, de poseer, de parecer, de gozar, sin más claves ni espíritu alguno,  se rompe el corazón de lo humano y nos hacemos sordos a la invitación de la vida. Por ese camino nos amenaza y nos destruye la avidez de un consumo de vida superficial que  nos impide entrar en la interioridad de lo humano donde se asienta la base de la verdadera felicidad. Nuestros niños y jóvenes, quizás fieles a lo que les representamos los mayores, viven en la esperanza de lo inmediato, con luces cortas, absolutizando el momento y el placer posible, la riqueza y la posesión como lugar de realización. Cuando eso se da, la invitación del Maestro de Nazaret cae en saco roto, su propuesta de felicidad encuentra oídos sordos, incapaces de ilusionarse y trascenderse en la esperanza de un corazón que cree que el amor es el camino de la salvación.

Es cierto que las encuestas nos dicen que nuestros jóvenes no son muy felices,  pero que, por contra, los jóvenes españoles que en sus vidas dedican tiempo libre a ser solidarios y hacer cosas por los demás, son los que mayor grado de satisfacción tienen en sus vidas y difícilmente caen en adicciones y sometimiento de alcohol, drogas, etc. Sí, que los que están llenos y han descubierto el banquete de la vida auténtica,  no pordiosean su felicidad en puertas de un mercado de superficialidades que les cobran la vida por breves momentos de felicidad pasajera.

Pero los niños,  y los jóvenes, son espejo de la realidad social en que nos movemos, el papa Francisco nos lo dice con claridad: “Entre los componentes sociales del cambio global se incluyen los efectos laborales de algunas innovaciones tecnológicas, la exclusión social, la inequidad en la disponibilidad y el consumo de energía y de otros servicios, la fragmentación social, el crecimiento de la violencia y el surgimiento de nuevas formas de agresividad, el narcotráfico y el consumo creciente de drogas entre los más jóvenes… algunos de esos signos  son al mismo tiempo síntomas de una verdadera degradación social, de una silenciosa ruptura de los lazos de integración y de comunión social”.

No hay duda de que, en medio  de esta degradación social, la llamada profética  y evangélica de este Domingo nos presenta un camino de esperanza que viene por los últimos de la historia, es en los más pobres y sencillos del mundo donde está la clave del verdadero banquete de la vida. Estamos llamados a decrecer para crecer, a adentrarnos en el espíritu para poder acoger la  palabra que nos trae la vida, a iniciarnos en una fraternidad que nos libera y nos realiza en caminos de austeridad compartida y de amor celebrado, donde lo poco es mucho y lo mucho no nos satisface. Hay un banquete de ilusión y de amor que está por los caminos, las calles, las plazas, la vida de cada día. Ahí está el verdadero alimento. A la vida se llega  por la entrega, sólo el que esté dispuesto a perder, a entregarse, se ganará, y tendrá el tesoro que nadie ni nada lo puede quitar. Ahora es el momento de la gracia, ahora es el momento de lo profundo, ahora estamos siendo llamados a no quitarles la vida a nuestros niños y jóvenes, sino a alimentarlos con la verdad de la gracia.

Hoy como nunca, la  Iglesia, nosotros los cristianos, hemos de aportar a nuestro mundo caminos de felicidad, y hemos de deshacernos para que nuestro jóvenes puedan experimentar que el gozo de la vida se encuentra, cuando siguiendo al maestro de Nazaret, somos agradecidos ante Dios y compartimos lo que de él hemos recibido y que vale más que todo el oro del mundo: LA VIDA Y LA CAPACIDAD DE AMAR.

Tenemos un reto: “no desgraciar la gracia” El banquete  del amor y de la vida está preparado, es Cristo quien lo sirve: “Tomas y comed todos de El”

 

 

José Moreno Losada

Presbítero de la Parroquia Ntra. Sra. de Guadalupe

Badajoz

 

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