Semilla nº 470-22-10-2017- XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

Humanidad

A menudo, frecuentemente, más de lo que se debiera, el ser humano parece desposeerse de su propia humanidad para vestirse con todo tipo de atributos mundanos en los que cree, falsamente, encontrada la felicidad. Y es de esta manera tan sutil y vacía como llenamos nuestros hogares de caros objetos, nuestros armarios de seda y nuestras conciencias de necedad, olvidando valores, degenerando el principio básico de la compasión y el hermanamiento con el resto de nuestros semejantes, a los que lejos de tender una mano amiga, gustamos habitualmente de juzgar e incluso despreciar, o aun peor, siendo indiferentes. Sencillamente vaciamos nuestros corazones para llenar nuestros bolsillos.

No es esta una crítica a la acumulación de bienes para el cuidado y bienestar de las familias, su manutención, la comodidad, seguridad y calidez en la vejez, sino un alto en el camino, un momento de encuentro con nosotros mismos en medio de nuestras vidas azarosas, para mirarnos y mirar a aquellos que por real deferencia, debiéramos llamar y tratar como hermanos. Encontraremos en esta paz de pensamiento que no soemimos tan distintos de aquellos que de una forma u otra nos acompañan en el vivir, aquellos que aportan a la vida los valores propios de su existir, defectos y virtudes, ambiciones y miedos. Valores y experiencias más importantes que las riquezas materiales, valores que alegran el alma y que hacen que despierte en nosotros un calor misericorde que nos lleva a crecer como pueblo, a crecer en Dios, cuando de ellos aprendemos a extraer el bien mismo del amor que en ellos obra y a despreciar el error y la indiferencia devenida del miedo. El amor es un buen cimiento.

No creo yo aquello de “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de Dios”. Sin duda, vendría más al caso, que no debiéramos saciarnos con el pobre a nuestra puerta pues, si nuestra mesa está repleta, ¿sería imposible poner un plato más, compartir el pan? Alimentar al hambriento, ofrecer la mano al necesitado de pan y de Dios, aprendiendo que ambos alimentan y que de ambos vive el Hombre. Ahí reside el secreto.

Trabajemos, crezcamos, acumulemos aquellos bienes que por derecho nos correspondan, pero no a cualquier precio, no a costa de nuestros hermanos. No construyendo un mundo donde el dinero, metal sucio, que hoy se tiene y mañana se da por perdido, sustituye a Dios, del que emanan los principios y bondades del Hombre. Dios nunca abandona.

Pequeños gestos nos acercan a Dios, nos hacen dignos de ser hermanos y poseer ese regalo que el Padre Creador nos hizo, algo tan sencillo y tan común que a veces olvidamos su existencia: nuestra propia Humanidad. Y es que, simplemente, siendo prudentes y conciliando el vivir terrenal con el vivir espiritual, con la oración, con la misericordia, con el hecho mismo de vivir sin dañar al otro a sabiendas, tendiendo tu mano, podremos encontrar el equilibrio que tanto falta en el mundo, cumpliendo la máxima de “al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”.

 

Pequeñas obras hacen obras grandes, almas grandes, una Gran Humanidad.

 

 

José María Guerrero Montes

Concejal de Patrimonio Histórico del Ilmo. Ayto. de Estepona

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