Semilla 480 XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario



  Semilla  del  XXXIV  Domingo de Tiempo Ordinario por Jaime Andrés Paradis San Martín
Jesucristo Rey del Universo
EL “DISCURSO ESCATOLÓGICO

El Evangelio de Mateo, nos trae en este fragmento una visión del juicio final, y lo hace de modo de finiquitar el “discurso escatológico”, como así mismo concluir todos los discursos de Jesús. En verdad, Jesús no articuló esta disertación con el propósito de describirnos los eventos finales relativos al juicio definitivo. No obstante, analizando los hechos de su tiempo, Jesús sí ha querido comunicarnos los medios concretos para salir triunfantes en la prueba final de la vida, cuando toda la humanidad se encuentre frente a él, como rey universal restaurando su Reino. Es así como el relato evangélico, tiene una fuerza extraordinaria tanto por el mensaje en sí como por lo atractivo de la escena. El texto se encuentra articulado en tres partes: a) primero, la introducción, que presenta la llegada del Hijo del hombre, el llamamiento de los pueblos y la separación de los mismos, b) segundo, el diálogo del rey con los de un lado, quienes entrarán y tomarán posesión de su Reino, y, los del otro lado, los que están excluidos; c) en tercer lugar, la conclusión, que reanuda y ejecuta las distintas sentencias que se proponen.

En todo caso, el fragmento más importante del pasaje es la que se fija, y con insistencia, en las actitudes de amor o indiferencia, es decir, en la acogida amorosa o en el rechazo de los pobres y los necesitados. Las obras misericordiosas y gratuitas son premiadas por Dios. Está claro que este rey y juez escatológico, que cumple las profecías antiguas, es Jesús de Nazaret, el crucificado, aquel que experimentó el hambre, la desnudez, la soledad, el dolor. Este rey y Señor, que se identifica con los pequeños y los pobres, vive escondido y oculto en “sus hermanos más pequeños”.

CUANDO EL HIJO DEL HOMBRE VENGA EN SU GLORIA RODEADO DE TODOS LOS ÁNGELES, SE SENTARÁ EN SU TRONO GLORIOSO.

En esta hora de la parusía final, el Hijo del hombre vendrá “en su gloria,” y, como parte de ella, vendrá “con todos los ángeles,” que son sus ángeles, como ornamento suyo y como ejecutores de sus órdenes. Todo ello indica, dentro del género apocalíptico, la grandeza de la majestad con que Cristo realizará aquel acto, lo que no excluye, naturalmente, la realidad de esta presencia de los ángeles. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquéllas a su derecha y a éstos a su izquierda.

En el uso rabínico de casos de separación, a la derecha se pone siempre lo mejor. Por cuanto los pecadores conocerán sus delitos y los justos verán patentes los frutos de su justicia que les acompañaron hasta el fin. Se llaman ovejas los que se salvan, por la mansedumbre con que aprendieron de Aquél que dijo: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29); y por cuanto estuvieron dispuestos hasta sufrir la muerte, imitando a Jesucristo, que como oveja fue llevado a la muerte (Is 53,7).

Los malos, en cambio, son llamados cabritos, los que trepan los más ásperos peñascos y caminan por sus precipicios. La Sagrada Escritura suele designar la sencillez y la inocencia con el nombre de oveja. Bellamente, pues, se designan aquí los elegidos con este nombre. Sin embargo el cabrito es animal lascivo, que en la ley antigua se ofrecía para víctima de los pecados.

PORQUE TUVE HAMBRE, Y USTEDES ME DIERON DE COMER; TUVE SED, Y ME DIERON DE BEBER…

“Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me alojaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Y hay que notar que lo que menciona Jesús, son las siete obras de misericordia, las cuales, cualquiera que tenga cuidado de cumplirlas, merecerá alcanzar el reino preparado a los escogidos desde el establecimiento del mundo. Pues en un sentido místico observa las leyes del verdadero amor, quien al que tiene hambre y sed de justicia le alimenta con el pan de la palabra, o bien le da de beber la bebida de la sabiduría, y el que recibe en la Iglesia al que anda errante por el pecado, y el que admite al que está enfermo en la fe.

Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”. Los Santos, pues, que obraron obras derechas, recibieron en premio de sus obras rectas, la derecha del Rey, en la cual está el descanso y la gloria. Y a causa de su humildad se proclaman indignos de alabanza por sus buenas obras; no por haberse olvidado de aquello que hicieron, pues El mismo les muestra su compasión en los suyos. Dicen esto ciertamente no desconfiando de las palabras del Señor, sino pasmándose de tan extraordinaria excelencia y de la grandeza de su majestad.

"LES ASEGURO QUE CADA VEZ QUE LO HICIERON CON EL MÁS PEQUEÑO DE MIS HERMANOS, LO HICIERON CONMIGO"

Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Libremente podemos entender que Jesucristo hambriento es alimentado en todo pobre, y sediento saciado, y de la misma manera respecto de lo otro. ¿Por qué los llama pequeños? Por lo mismo que son humildes, pobres y despreciados. Y dice mis hermanos, recordándonos que nos dijo; “Son hermanos míos, los que hacen la voluntad de mi Padre” (Mt 12,50).

Así como había dicho a los justos, vengan, así también dice a los injustos, malvados y crueles, “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles” Los que se apartan de Jesús, caen en el fuego eterno, el cual es de distinta naturaleza del fuego de que hacemos uso: pues ningún fuego es eterno entre los hombres, y ni siquiera de mucha duración. Y tengamos presente que no dice que el reino está preparado, en verdad, para los ángeles, mas sí que el fuego eterno lo está para el diablo y para sus ángeles. Porque por lo que a El toca, no ha creado a los hombres para que se pierdan, pero los que pecan son los que se unen con el diablo, para que así como los que se salvan son comparados a los ángeles santos, de la misma manera sean comparados a los ángeles del diablo los que perecen.

“PORQUE TUVE HAMBRE, Y USTEDES NO ME DIERON DE COMER; TUVE SED, Y NO ME DIERON DE BEBER

“Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; era forastero, y no me alojaron; estaba desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron”. Así es, cómo los malos hombres, abandonaron la misericordia, y no en un sólo concepto, sino en todos. Porque no tan sólo no dieron de comer al hambriento, sino que tampoco visitaron al enfermo. Nótese que Jesús no está diciendo estaba en la cárcel y no me sacaron; enfermo y no me curaron; sino dice, no me visitaron, no se acercaron a mí.

Todas estas cosas, por tanto, bastan para sufrir la pena del infierno. Además, ninguna de las cosas que pedía Jesús era difícil dar, (tampoco lo es hoy), era un poco de pan porque tenía hambre, era darse cuenta de la miseria pues era pobre, era sentir compasión de la naturaleza, pues era hombre, era el deseo de alcanzar lo que se prometía, tan deseable como el reino, era sentir la dignidad del que recibía, pues era Dios el que recibía por medio de los pobres; era un trato con honor, porque se dignó recibir de mano de los hombres, lo justo que era dar, pues recibía de nosotros lo que es suyo, sin embargo los hombres ante todas estas cosas estuvieron cegados por la avaricia.

"SEÑOR, ¿CUÁNDO TE VIMOS HAMBRIENTO O SEDIENTO, FORASTERO O DESNUDO, ENFERMO O PRESO, Y NO TE HEMOS SOCORRIDO?"

Éstos a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, forastero o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?” No es menos cierto, que es propio de los hombres que no gustan de hacer el bien, excusarse, dar a entender que no tienen culpas, o que son leves y pocas las faltas; y esto mismo lo indica la respuesta de Jesucristo. “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”. Queriendo demostrar que las acciones buenas de los justos son sublimes, y que las culpas de los pecadores no lo son.

Dice Jesús, “mis hermanos” verdaderamente, los que son perfectos, son sus hermanos. Finalmente dice Jesús; Éstos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna”. La sentencia que se da es eterna. Los malvados “irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna” “El castigo será “eterno.” La palabra cobra un espantoso realismo, sin atenuación alguna posible, en este contexto. Los unos y los otros tienen un destino igualmente eterno. Eso sí, algunos irán por la derecha y otros por la izquierda.

JUZGADOS EN EL AMOR

En esta venida de Cristo, que se presentado como Rey que viene a juzgar a “todas las naciones”, que “serán reunidas en su presencia” y donde “El separará a los unos de los otros”, será un juicio perfectamente justo y definitivo, al cual estaremos sometidos, por tanto dependerá de la vida que hagamos, el lugar que ocuparemos. Lo importante ahora es que comprendamos de este fragmento del evangelio, que no tiene ya importancia los juicios que los hombres hagan de nosotros, es decir, como verdaderos creyentes, vislumbremos que no es mejor ni peor porque los hombres nos tengan por tal; lo que de verdad somos es lo que somos a los ojos de Dios. En un mundo en que tantas veces triunfa la injusticia y la incomprensión, consuela saber que todo se pondrá en claro y para siempre y cada uno recibirá los justo y lo apropiado a su conducta.

Pero Cristo no es sólo el Juez; es también el centro y el punto de referencia por el que se juzga: “lo hicieron conmigo” o “tampoco lo hicieron conmigo”. Él ha de ser siempre el fin de todas nuestras acciones. Por lo demás, ¡qué fácil amar a cada persona cuando en ella se ve a Cristo!

Este evangelio insiste en otro aspecto que ya aparecía en la parábola de los talentos. El siervo era condenado por guardar su talento sin hacerlo fructificar, y ahora se le condena por otra omisión, por lo que “dejaron de hacer”, “ustedes no me dieron” de comer o de beber. No solo no hay que perjudicar a los hermanos, también hay que ayudarlos. En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos. (1 Juan (SBJ) 3, 15-17). Por eso, el texto nos hace entender la enorme gravedad de todo pecado de omisión, que realmente daña y hace mal, pues deja de producir en la vida el amor que debía promover y que el hermano necesitaba para vivir.

 

“Al atardecer de la vida… nos examinarán del amor”… San Juan de la Cruz

 

El Señor les Bendiga

 

            Jaime Andrés Paradis San Martín     

(Rvdo. Padre,  Fray Andrés de la Cruz)

         Orden Franciscana Menor Misionera

                                                                  Patriarcado Ortodoxo de Naciones

                                           Iglesia de la Unidad

                                            Punta Arenas (Chile)